A continuación dos casos, dos
situaciones, distintas maneras de abordar el acoso. Sería muy irresponsable de
mi parte asumir posición, habría que indagar en profundidad e investigar si los
organismos competentes actuaron diligentemente en ambos casos, en otras
palabras, brindaron el apoyo necesario y aplicaron acciones para fortalecer la
autoestima y fuerza interior de estos dos chicos.
Cada uno de nosotros puede sacar
sus propias conclusiones, pero lo que sí puedo resaltar es que en ambas
situaciones los dos chicos tomaron acciones para detener el acoso, el valor y
su determinación para poner freno a estas acciones les hizo cambiar, no sólo su
actitud ante la amenaza; los convirtió en dueños de su vida (destino), capaces
de enfrentar cualquier obstáculo.
Estos casos me traen recuerdan
dos que viví muy de cerca:
Hace unos años en el instituto
para el que trabajaba un alumno de 15 años era el azote, sus prácticas eran
violentas y ofensivas, llegó inclusive a intimidar sexualmente a sus compañeros
de clase, exponiéndose sexualmente ante ellos.

El instituto trató de mediar ante
la situación, el expediente tenía más de 300 páginas, pero a la hora de
denunciar el caso ante las autoridades los padres de los alumnos implicados
denegaban; tenían miedo. Un chico de 15 años era capaz de atemorizar a toda una
comunidad. Su nombre Hugo, un chico rudo, fuerte y criado con lujos, apoyado
con la mirada complaciente de su padre, a quien todo le parecía normal. Un día Hugo
llegó a la oficina del Coordinador de Disciplina con un golpe muy fuerte en su
ojo.  Realmente estaba consternado y se
sentía humillado. Denunció a Omar, otro alumno de su curso que sin mediar
palabra propinó un derechazo, producto de una burla.

Omar recibió aplausos y hurras de
sus compañeros de curso y de otros del instituto, en cuestión de segundos la
noticia corrió como la pólvora por todo el colegio.

Al conversar con Omar sobre lo
ocurrido, éste comentó que estaba cansado de las constantes vejaciones de Hugo,
la situación se había hecho insostenible y veía que el colegio poco podía
hacer. Así que luego de mucho pensarlo decidió ponerse a entrenar y hacerse
fuerte, se inscribió en un gimnasio y contacto con un entrenador de boxeo. En
silencio entrenó duro y su frustración la transformó en músculos, su disciplina
me recuerdan a la de  Milla Bizzoto. Sus
padres estaban al tanto de la situación y apoyaron a su hijo en sus acciones y
determinación.

Hugo y Omar nunca fueron los
mismos, ese puñetazo cambio sus vidas. Hugo terminó su carrera de acosador de
oficio, fracasó en el año escolar y decidió irse del colegio. Omar ganó
reputación y estima, inclusive yo lo admiro: puso freno a una situación que más
nadie había podido detener. El ejercicio no sólo transformó el cuerpo de Omar
en un chico muy fuerte y seguro de sí mismo, sino en un joven capaz de tomar
decisiones importantes y asumir las riendas de su vida. Él más nunca fue el
mismo, la seguridad afloraba en su cara.

Otro caso, es el que paso a relatar:

Ignacio era un chico con sobre
peso, rubio y de familia acomodada, de padres sobre protectores. Ignacio era de
esos alumnos que no pasa desapercibido, sus constantes intervenciones en clase
se convertían en una pesadilla, no tenía filtro para relatar historias
familiares y personales, algunas muy íntimas. Los cuentos de este joven solían
estar fuera de contexto, tanto compañeros de clase como docentes trataban de
contextualizar las situaciones, pero realmente era difícil.
Ignacio contantemente
descalificaba a sus compañeros, sus palabras eran muy hirientes y llenas de
veneno, en una ocasión escuche decirle a una compañera de clase: -Qué se
puede esperar de ti, si tu padre es un drogadicto-.
Emiliano era un colega del curso,
chaval delgado, alto, moreno, cuya familia hacia un gran esfuerzo para pagar
sus estudios. La madre de Emiliano era de esa clase de representante dispuesta a colaborar con la institución y siempre dictaba talleres como voluntaria. Una
persona entregada a la educación de sus hijos.

Ignacio usualmente humillaba a Emiliano,
le decía “Negro”, “Pobretón”, en ocasiones lo empujaba y se burlaba de su
timidez. 
Un día en primer año de secundaría Emiliano se cansó de las bromas
y ofensas de Ignacio.
En clase la docente de turno dió la hora
libre. Ignacio relató que los había dejado solos en el aula de clase para salir
a chatear con su móvil.  En pocas
palabras recibieron el mensaje de que podían hacer cualquier cosa como escuchar
música, conversar, entre otras actividades recreativas. Pero para los chicos
que mejor cosa que jugar con una pelota. Al parecer en ese juego Ignacio lanzaba
la pelota a Emiliano, pegándole en la cara. Los golpes de la pelota iban
acompañados de los siguientes inultos: “Mono”, “Orangután”, “Negro”. Tras golpe
y golpe y ofensa y ofensa, Emiliano no pudo más y golpeó a Ignacio.  En su historia Emiliano nunca supo señalar dónde había golpeado a Ignacio. Según él: su mente su nubló, estaba en blanco. Algunos
alumnos testificaron que sólo lo había empujado. Ignacio había caído al suelo
y se había golpeado la cabeza con la columna; pero que realmente no había sido
nada grave.

Los alumnos acudieron en búsqueda de la profesora, quien sin indagar mucho en lo ocurrido, se enfureció y
remitió a los dos alumnos a la coordinación de disciplina.

La situación desencadenó una
guerra si cuartel, una lucha de poderes que no vale la pena describir, la cual involucró no sólo a esos dos jovencitos, sino a sus familias, a la docente y una denuncia ante las autoridades competentes contra el colegio. 

Personalmente escuché decir al padre de Ignacio
lo siguiente: -Voy a xxxx a la familia de ese chico, son unos tierruos-.  Frase que complementaba Ignacio en clase, decía a Emiliano:
-Estás xxxx, te denunciaremos en la policía-. Los padres de Ignacio
presentaron una denuncia ante las autoridades del colegio, con la amenaza de ir a otras instancias legales, con razón, hacían responsable de los
daños sufridos por su hijo (contusión cerebral) a la familia de Emiliano y a la
Profesora.

Al final no se pudo demostrar el daño físico causado en la caída, el colegio medió y movilizó todo sus recursos para atender el
caso.  Se activó el protocolo para este
tipo de situaciones y se buscó asesoría legal y emocional. Se llegaron acuerdos
entre las familias y la docente fue sancionada. 
Ignacio y Emiliano tuvieron que realizar jornadas de trabajo comunitario,
que implicaban actividades en equipo. Lamentablemente Ignacio mostró poca integración en las actividades desarrolladas, su actitud era de desagrado y poca disposición para colaborar con Ignacio, eso sí,  no volvió a molestar a Emiliano.
Emiliano y su familia atravesaron unos días terribles, pero al final cesó el
acoso.
La intervención de las escuelas y
de nosotros los padres deben ser oportunas, es como siempre digo, no debemos dejar
pasar
. Las cosas pequeñas crecen y se convierten en situaciones inmanejables o
muy complicadas de resolver, es como una bola de nieve que crece y crece, cuando
llega a nosotros nos aplasta.
Tenemos que trabajar en fortalecer la
autoestima de nuestros hijos y alumnos. Enseñarlos a defender sus ideas y sus
actitudes, así como sus intereses. 

Tenemos que enseñar convivencia, tolerancia, aprender a respetar
nuestras diferencias. Por otra parte los chicos deben saber que los conflictos y discusiones son parte
de la vida, lo que hay es que desarrollar habilidades para negociar y resolverlos sin dañar a otras personas.

Quiero dejar claro lo siguiente:
No apoyo a la violencia como vía para resolver este tipo de conflictos, me
quedó con Milla Bizzoto y su ejemplo, pero en ocasiones, cuando nosotros los
adultos no actuamos a tiempo damos pie a que se desate, y una vez descontrolada no
sabemos sus consecuencias, realmente el golpe de Ignacio pido haber terminado
en algo realmente grave, así como el golpe en el ojo que propinó Omar a Hugo,
o el chico australiano pudo haber caído de mala forma y sufrir una
fractura, quien sabe.

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